Texturas II

Este post será algo especial. No pondré un escrito de mi autoría porque encontré en la biblioteca donde trabajo algo a lo que llamaré “coincidente colaboración”. Justo hoy tomé un libro al azar y me encantó la forma en la que este hombre describe texturas. ¿De quién hablo? 

Compartiré un poema de un hombre llamado Don Alfredo Gómez Jaime, un escritor nacido en Tunja, Colombia, en 1878. Mantenía excelentes relaciones literarias por los lugares a donde viajó. Escribió diversos libros como “Hojas”, “Impresiones rápidas”, una novela corta titulada “Por un alma vengo” y una gran cantidad de “colaboración suelta” en periódicos de Hispanoamérica y España. 
Les comparto sus palabras. Espero representen para ustedes un deleite, al igual que lo fue para mi.

MANOS EN LAS TINIEBLAS

Recuerdo que al cruzar el abismo
de la insondable eternidad,
miraba y miraba las tinieblas
que me circuían por doquiera,
espesas, profundas, 
como negras murallas
que ocultaban aún
ante mis ojos
el misterio del más allá.

Mas luégo,
de manera apreciable apenas,
comencé a divisar
vagas titilaciones 
blanquecinas, borrosas,
que gradualmente se acentuaban 
y se movían
en la medrosa oscuridad.

En seguida
fueron tomando forma,
y acabaron por diseñarse
como manos, manos pálidas
de una transparencia teatral.
Manos que se multiplicaban 
en torno mío
y cuyo número, por momentos,
iba creciendo más y más.

Y mostráronse más visibles,
con caracteres y tintes diversos,
que las diferenciaban
unas de otras
en una infinita variedad.

Había manos finas,
delicadas,
de venas azules,
como sedosos lirios;
las había pequeñitas, 
infantiles,
manos ligeras
de luminosa agilidad.

Y manos sarmentosas,
llenas de arrugas,
manos seniles,
que se agitaban tembladoras
y se crispaban sin cesar.

Otras,
torneadas y flexibles,
de aristocrática elegancia,
cuyas uñas, rosadas conchas, 
veía brillar.
Y entremezclándose con ellas,
rudas, callosas, aparecían
otras manos,
como de obreros o de marinos
que en sus faenas
las endurecen con afán.

Manos, en fin,
que en sus aspectos
copiaban todos los matices
y las edades y las formas
en una obsesionante variedad.

Y por una intuición inexplicable,
una extraña y aguda 
sutileza mental,
comprendi que todas esas manos
cuyo número
aumentaba por instantes,
vertiginosamente,
eran las manos de los que han sido,
de los que son 
y de los que serán.

Quise entonces hallar tus manos, 
tus manos queridas,
entre aquel torbellino
que desvaneciendo la oscuridad,
se revolvía ante mis ojos
a la manera de esos enjambres
de mariposas blancas,
que se levantan en el pantano 
bajo el ambiente tropical.

Pero en vano miraba
y miraba
ese turbión silencioso y cambiante,
que hacía palidecer las tinieblas
y llenaba la inmensidad.

Entre aquellos millares
y millares de manos
tan desconocidas como esas aves
que de lejos miramos volar,
sólo muy pocas
parecían reconocerme,
e intentaban detener un instante
su raudo movimiento fugaz.
Algunas, más amigas, acaso, 
pretendían llamarme por señas
o me saludaban al pasar.
Y una, entre todas, 
suavísima, blanca,
me acarició el rostro
como cuando era niño, 
dejándome una impresión maternal.

Pero en cambio, otras, 
amenazantes,
se crispaban ante mis ojos
y se abrían
acercándose a mi cuello
cual si me quisieran estrangular.

Otras, como juntándose
para la oración,
parecían implorarme, pedir algo.
¡Pobres manos menesterosas
que se agitaban en el misterio
en una desolada orfandad!

Y yo pensaba,
pensaba en tus manos, 
pero no las podía divisar.

¡Al fin, 
entre aquellos remolinos inmensos,
vi destacarse difamas, delicadas, 
como las de una aparición celestial,
tus dulces manos,
manos de reina,
pero de una reina
superior a las otras;
manos divinas hechas de estrella,
de jazmín y de azahar!

Y esas manos
suaves y tersas,
se acercaron, se acercaron
graciosamente
y se juntaron a mis mejillas 
oprimiendo mi faz.

Desperté al punto, emocionado
por aquella caricia
que compensaba todo mi anhelo,
toda mi angustia, todo mi afán,
¡Y vi tus manos,
tus manos vivas,
en las que Dios ha puesto
el tesoro 
de una soñada felicidad!
Y empecé a besarlas
 conmovido,
como si por primera vez 
lo hiciera,
con esa sed de tu cariño
que no puede aplacarse jamás.

¡Y tuve entonces 
la intuición honda
de que en los abismos del más allá,
cuando mi espíritu errabundo, 
triste camine en las tinieblas,
cual pobre ciego que sin guía
mancha temiendo tropezar;
irán tus manos bellas,
a posarse sobre mis ojos
y a llenarlos de claridad!

Sin agua (Segunda parte)

Conforme avanzaban los días, notamos lo difícil que era hacer llegar el agua limpia al departamento, todos con un montón de cosas que hacer durante el día y con ubicación en un tercer piso.

Los garrafones de agua potable para beber, y los que rellenábamos con agua de llave desde familiares que vivían relativamente cerca. ¡Qué necesario era!

Les juro, de verdad, que cada que llovía en casa era toda una celebración. Era como un milagro, sobre todo si llovía fuerte. Era un movimiento rápido y automático de cubetas, tinas, y un gran contenedor que se ponía bajo una lona que tiene un único agujero en el centro, por lo que recogíamos una buena cantidad de litros si los cielos nos favorecían.

El agua que estaba limpia (ya sea de lluvia o la traída desde casa de nuestros familiares) era la que poníamos a calentar y la utilizada para bañarnos, y la que caía de ahí (con jabón) para el sanitario.

Esa era la dinámica, y lo fue hasta que el agua volvió, un mes después.

Tal vez por eso siempre hablo de aprender a apreciar lo que se tiene. Sea físico o mental o de cualquier tipo.

Para finalizar, les dejo una pregunta a ustedes:

¿Qué harían si se quedaran un mes sin agua?

Y de ahí me paso, de un salto, a la otra pregunta: ¿Valoran lo que tienen?

Fuente de la imagen: http://www.imagenesi.net/agua/otga-de-agua/
Fuente de la imagen: http://www.imagenesi.net/agua/otga-de-agua/

Sin agua (Primera parte)

Con tanta tecnología de la que gozamos hoy en día, vivimos en una situación tan acomodada que nos resulta difícil imaginar qué sería de nosotros si esas comodidades desaparecieran repentinamente. Creo que, por inercia, las llegamos a considerar tan normales que no pensamos en lo afortunado de nuestra situación.

A mi me pasó. Lo admito. Yo creía que el mayor de mis problemas era lo denso de mis momentáneas locuras, la personalidad exigente e insistente de mi padre, lo incapaz que me siento en ocasiones de avanzar profesionalmente con la rapidez que quisiera, o los muchos males de salud que me aquejan de manera aleatoria. En general, de eso se componían mis pesares.  

He crecido con todas las comodidades y de repente, un día, surgió la situación de la que les hablo: nos quedamos sin agua. El problema era causado por una tubería muy vieja, y en esta casa que comparto con algunos familiares. Se terminó un día el agua, y no volvía.

Nosotros siempre teníamos la costumbre de guardar en cubetas el agua que caía de la ducha y la reutilizábamos para el sanitario. Es una costumbre que desde siempre tuvimos para reutilizar recursos y utilizar el agua de una manera más sustentable.  

Al principio, por esa razón, no se nos hizo la gran cosa (nos había llegado a pasar por instantes en el pasado). Pero, conforme avanzaba el tiempo, caímos en la cuenta de que no era algo “pasajero”. Nos esperaba una pequeña gran temporada sin el vital líquido…

Imagen
Fuente de la imagen: http://www.fmcapitalsalta.com/noticias/6921/el-bordo-60-dias-sin-agua.html

Vida bonita

Me ha pasado infinidad de veces, cuando miro a las otras personas. Caigo en la cuenta, con sólo apreciarlos, de que no soy como los demás. No pienso como los demás, no actúo como los demás, no hago las rutinas que los demás parecen llevar a cabo sin problema. No amo y no siento y […]

Bajo la cama

 

 

 

Está aquí. Ha llegado. Puedo sentirlo.

Nuevamente aquel monstruo que suele atormentar mis sueños

ha venido a visitarme. 

Escucho su respiración. Suave, profunda. Lenta, callada.

Cierro los ojos. Me obligo a dormir lo más que puedo. 

Sólo así se terminará la noche,

sólo así la luz llegará más pronto.

Pero, cuando vuelvo a abrir los ojos 

sigo escuchando la respiración.

Esta vez, sobre mi, como si del techo pendiera mi monstruo 

para caerme encima.

No quiero mirar, pero puedo escuchar sin querer

un sollozo repentino, un cambio en aquella suave respiración.

Sin pensarlo, abro los ojos y me sorprende el lugar en el que estoy:

no es mi cama. 

Sueño. Sueño. Estoy soñando, me susurro. 

Estoy bajo la cama. Una sábana cae a mi lado, cual cortinaje en dosel.

Al levantarla, veo los tentáculos, que tiemblan pavorosos, 

temerosos por alguna razón que desconocía hasta que me descubrí. 

Sonrío ante el susto que acabo de provocar. 

 

No había caído en la cuenta, hasta ahora,

de que el miedo lo tenía el de arriba

y el monstruo, en aquella fantasía-sueño extraña, 

era yo. 

Imagen
Fuente de la imagen: http://aquasixio.deviantart.com/art/Une-nuit-sous-le-lit-24625948

Inactividad al estilo “Sherlock”

¿Qué tanto nos desgasta el no hacer nada en absoluto?
¿Qué tan extraño y raro puede ser para la mente permanecer ociosa?

Sherlock mismo dijo algo al respecto: “No recuerdo que el trabajo me haya fatigado alguna vez, pero el ocio me agota por completo.”

Y claro, tenía toda la razón si la mente está hecha para ser utilizada aunque sea un poco en algo rutinario. Tal vez por ello se nos pasa el tiempo tan rápido cuando hacemos cosas que nos apasionan: la mente está ocupada en producir, en otorgar concesiones para hacer de nuestro desempeño la clave de nuestro placer. Me sucede a menudo cuando escribo.
En cambio, me he descubierto a mi misma, cuando estoy en el ocio, pensando en un montón de cosas sinsentido, o metiéndome en alguna especie de tornado mental en el que la ansiedad es la principal fuente.

¿Qué nos sucede cuando estamos con la mente verdaderamente en el ocio, fuera de cualquier pensamiento, diversión u ocupación?

Le pasaba igual a Sherlock. Cuando no se encontraba con la mente clavada en alguno de sus casos, caía en vicios y en vaivenes mentales que preocupaban mucho a su compilador, el también afamado Dr. Watson.

¿La respuesta a todo esto? Tener la mente en algo todo el tiempo. Mantenernos en constante movimiento. Respirar, dar tiempo a descansos, pero no dejar que esos descansos nos arrastren más de lo necesario. Podrían llevarnos a lugares de nuestra mente que en realidad no tenemos intenciones de visitar.

¿Qué opinan al respecto?
¿Les ha sucedido?

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