Entre las aguas de un “Mar Negro” 

Este libro titulado “Mar Negro” y cuyo autor es Bernardo Esquinca, fue presentado el día 21 de febrero de este año en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. 

Primer cosa que debo admitir antes de comenzar: No lo conocía. Ni a él, ni a su obra, ni a la editorial Almadía, encargada de publicarlo. Sólo soy una neófita curiosa que nunca pierde oportunidad de avanzar. En este caso en particular sólo seguí junto con el amigo que me acompañaba, el camino de libros desde donde se encontraba el stand de la editorial hasta la presentación de su libro, atraídos por lo que habíamos leído ya en la contraportada de “Toda la sangre” y nuestra eterna devoción a la literatura de terror. Terminando la presentación, compré “Mar Negro” y después de haber solicitado la dedicatoria al autor, me llevé el volumen a casa para explorar su textura, sus páginas, su portada, y todas aquellas cosas que ya me habían llamado la atención por las temáticas que se habían mencionado.

Cuento a cuento, fui recorriendo por primera vez el pensamiento y el estilo de este autor mexicano. Conocí sus letras, sus miedos, su fuerte tendencia a finales abiertos que estimulan a la imaginación y sus fobias, proyectadas de manera directa cada historia. Cabellos, patas de bichos, el sonido del crujido de haber pisado alguno, los amarres y sus consecuencias negativas, las muñecas poseídas, el punto de vista de un zombi en plena matanza de 1968, la figura del vampiro rearmado de aquellos pedazos que ha dejado el abuso de imagen de una criatura de leyenda por mera moda… en fin, una breve y muy refrescante ola de miedo a la mexicana que me cayó bastante bien mentalmente. Disfruté y exploré un ápice más de esta inmensa cantidad de letras que andan por ahí, esperando ser descubiertas y recorridas. Ojalá se le diera más difusión. Ojalá este post contribuya a que nuevos lectores se aventuren entre sus páginas.

¿Lo recomiendo? Sí. Siento que hay mucho talento ya publicado en México, pero la publicidad y el nivel de conocimiento que se le da a la lectura en este país no es ni una cuarta parte de lo que en otros. He visto fuera de las editoriales reconocidas muchas obras que prometen, y que no conocemos porque siempre se le da atención a los mismos autores. Debemos aceptar que hay miles de obras que valen la pena además de los grandes o de los que nos hacen creer que son grandes sólo porque venden mucho (el tan famoso Best Seller), y por ello creo que los escritores actuales de calidad también necesitan espacio y oportunidad para ser conocidos a mucho mayor nivel.

Bueno, eso pienso yo. 

Mi cuento favorito dentro de esta pequeña colección es “Sueña conmigo”, que trata de un coleccionista de muñecas embrujadas o poseídas a quien de repente le llega una adición anónima a su colección llamada Greta, que, aunque perturbadora como las demás, cuenta con algo adicional que le inquieta mucho…

¿Lo leerías?



Ya viene (Cuarta parte)

He despertado de un sueño pesadillesco.
El cansancio no me ha abandonado. Me pesa.
Estiro los brazos. Cambio de posición. Las sienes palpitan aún por un despertar apresurado. La noche aún cubre la habitación.
“Será de madrugada”.
De pronto, el silencio es cortado de tajo por un susurro.
Susurro que se acerca, paso a paso, a mi oído.
Las cobijas tiemblan por encima de mi cuerpo.
No puedo controlar el frío con el que este susurro electrifica mi sistema.

Siento que se acerca más. No quiero verlo.
No hay nadie en casa. ¡Debería haber silencio!

Una respiración profunda y grave,
un manantial de inseguridades,
mis ojos cerrados con fuerza,
y todo girando muy rápido dentro.

Quiero fingir que estoy durmiendo.
¡Quiero que mis piernas dejen de temblar y mis manos se queden quietas!

La respiración grave ha cambiado, repentinamente, del lugar: ahora, la escucho sobre mi, como si algo pendiera del techo, mirándome, esperando el momento en que yo abra los ojos llevada por el miedo curioso para atraparme en un vórtice que resultaría mucho peor que la pesadilla de la que recién desperté.
La respiración que no es mía viene y se va. Se balancea como un péndulo de sonido que inquieta cada fibra de mi cuerpo. Siento que estuviera jugando conmigo; con el miedo que destilo.

No quiero abrir los ojos. No quiero escucharlo burlándose de mi.
¡No quiero, simplemente no quiero!

Ha llegado. Está aquí. Y siento su presencia columpiarse divertida sobre mi.
He tenido un sueño pesadillesco, y, sin planearlo,
salté de ese a otro que se encuentra mucho, mucho peor
.

IMG_3295.JPG

Ya viene (Segunda parte)

Me he ocultado, pero sé que de nada sirve.
Aquellos pasos me siguen,
disfrutando de atormentar
cada uno de mis pensamientos.
Siento como si algo estuviera detrás de mi
todo el tiempo, en todo lugar.
Dedos esqueléticos rodean lentamente
mis sienes, y con voraz velocidad carcomen mi razón.

Ya viene, y siento que me alcanza.
Ya viene, y no sé qué hacer para combatirlo…

IMG_3325.JPG
Autor de la imagen: Jace Wallace.

Lo que ven los perros

Hace un par de días, cuando platicaba con un par de mis amigas, surgió a la charla una leyenda que le contaba a una de ellas su abuela: “Si te pones las lagañas de los perros en los ojos durante varios días, vas a poder ver lo que ellos ven cuando se quedan muy quietos de la nada.” 

En el caso de ella, el diablo se entretiene contando los pelos del perro como un reto, y cuando está por terminar de contarlos, el perro se sacude y lo obliga a volver a empezar.

Pero no era la primera vez que yo escuchaba algo relacionado a las lagañas de los perros y el poder mágico que tenían cuando eran utilizadas por seres humanos. Hay una leyenda que llegué a escuchar cuando estaba más chica que hablaba de eso, pero de una forma un poco más…tenebrosa. 

Se las comparto con todo gusto para que se dejen llevar por la imaginación, y para que ustedes mismos se pregunten: Cuando un perro le ladra a “la nada”, ¿a qué le está ladrando realmente? 

Grito reflejado

Había transcurrido un mal día. Una amistad resquebrajada, mal resanada y terminada al fin. Vacío y palabras vanas de un ser que, por fin, había dejado al descubierto su cobardía y cruel egoísmo. 

Cuando me metí en aquel museo, deseaba gritar con todas mis fuerzas para desahogarme por la pérdida. Había sido algo importante para mi. No lo hice, porque siempre he preferido gritar en letras, en los cuadernos que siempre viajan conmigo. Mejor así que hacerlo literalmente. 

Caminé, decidido, en los pasillos con paredes blancas y obras de todos tamaños, tratando de alejar de mis pensamientos el reciente acontecimiento. 

Iba por un pasillo muy parecido a todos los demás, cuando me topé con esta obra. No pude evitarlo. Me quedé pasmado. Nunca creí que el consuelo iba a llegar a mis pensamientos de esta manera, a través de una pintura que, a la mayoría de las personas que pasaron junto a mi, les pareció perturbadora. 

En cuanto a mi, debo decir que permanecí inmóvil, paladeando la maravilla de la certeza. Veía en ese grito congelado, eterno, justo lo que había llegado a sentir yo. No pude evitar la sorpresa al verla de frente, y no me pude separar de ella por más de una hora. Alguien más compartía mi pena. No estaba solo. 

Siempre he creído que los museos guardan una especie de magia. Llegas y recorres las exhibiciones en búsqueda de alguna obra que refleje tu personalidad, tus gustos, tus alegrías o tus tristezas. Conectar emociones propias con lo que podemos admirar fuera de nosotros. Eso es el arte para mi desde hoy. 

Gracias a Carolina Pereira Alcorta por permitirme utilizar su fotografía para este relato. Su blog: http://carolinapereiraalcorta.files.wordpress.com/2014/01/mg_4335.jpg?w=788

Bajo la cama

 

 

 

Está aquí. Ha llegado. Puedo sentirlo.

Nuevamente aquel monstruo que suele atormentar mis sueños

ha venido a visitarme. 

Escucho su respiración. Suave, profunda. Lenta, callada.

Cierro los ojos. Me obligo a dormir lo más que puedo. 

Sólo así se terminará la noche,

sólo así la luz llegará más pronto.

Pero, cuando vuelvo a abrir los ojos 

sigo escuchando la respiración.

Esta vez, sobre mi, como si del techo pendiera mi monstruo 

para caerme encima.

No quiero mirar, pero puedo escuchar sin querer

un sollozo repentino, un cambio en aquella suave respiración.

Sin pensarlo, abro los ojos y me sorprende el lugar en el que estoy:

no es mi cama. 

Sueño. Sueño. Estoy soñando, me susurro. 

Estoy bajo la cama. Una sábana cae a mi lado, cual cortinaje en dosel.

Al levantarla, veo los tentáculos, que tiemblan pavorosos, 

temerosos por alguna razón que desconocía hasta que me descubrí. 

Sonrío ante el susto que acabo de provocar. 

 

No había caído en la cuenta, hasta ahora,

de que el miedo lo tenía el de arriba

y el monstruo, en aquella fantasía-sueño extraña, 

era yo. 

Imagen
Fuente de la imagen: http://aquasixio.deviantart.com/art/Une-nuit-sous-le-lit-24625948

Escanea

Escanea. Escanea. No quiero dejar de escuchar el ritmo del escáner detrás de mi.

Tal vez así deje de escuchar las voces que me susurran inclemencias, suaves herejías,

Tal vez así deje de sentir que saltar por la ventana puede ser la solución.

Otra hoja más, el escáner no se detiene. Apilo los papeles, tal vez esté por terminar.

Y si termino… ¿Qué será de estas manos cargadas de energía y miedo?

Se detiene. Por instantes el sonido del vacío me abruma.

Los susurros vuelven por instantes. Los susurros dan vueltas a mi alrededor, exigiéndome que camine en muchas direcciones al mismo tiempo. Gritándome si dejo que el vacío se prolongue.

Por eso no lo dejo moverse. Por eso el sonido del escáner me salva de ello.

¿Qué será de mi cuando termine esta tarea?

¿Qué será de esas voces cuando se den cuenta de que tendrán libre albedrío apenas me aleje del sonido del escáner?

¿Me salvará el sonido de estas teclas que toco apresuradamente para no tener que escuchar quien se esconde detrás de mi?

Escanea. Escanea. No pienses en ello. No pienses en nada. Sólo hazlo. 

Imagen