Percepción literaria de Marte

Como parte de un ejercicio solicitado en un curso de literatura de ciencia ficción en el que participé hace un par de meses, el profesor nos solicitó escribir y mostrarle una idea de lo que nosotros percibíamos como “Marte”. Les comparto lo que yo entregué, pues desde el punto de vista de una persona que ve todo rodeado de letras, las perspectivas soñadoras son siempre un recurso.

 

¿Qué es Marte?

Marte… un planeta subsiguiente a la Tierra.

Marte, ese que se impone de manera señorial escoltado por sus dos lunas, Deimos Y Fobos, aquellos dioses del miedo que solían acompañar a su equivalente griego (Ares) en su carro de guerra. Marte atemoriza, y al mismo tiempo atrae. Nosotros, como humanos, no hemos podido evitar mirar a nuestros lados, a aquellos planetas que nos ofrezcan una ínfima posibilidad de huida en caso de que la vida aquí deje de ser posible.

Marte es grande, y rodeado de misterios aún por descubrirse. Planeamos, pensamos (y a veces alucinamos) viajes a este lugar, siempre por razones de escape o exploración. Las siluetas negruzcas de Marte invitan a adivinar qué se esconde entre sus polvos rojizos; entre sus fríos ambientes.

Marte es un árido juego de contrastes que nos abre las puertas para poder asomarnos a la posibilidad de llegar más lejos. El camino más corto, hasta la fecha, es aquel que sólo podemos imaginar. Solo el tiempo dirá si seremos merecedores de visitar, alguna vez y terrenalmente, sus planicies, pendientes y laderas.

La trayectoria restante aún es larga, y muchas las sendas.

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Una visión de marte

 

Fuente de la imagen: Devianart.

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Sueño del 16 de enero de 2015

Soñé que iba a visitarlo y que entrábamos a un lugar en el que veríamos películas toda la noche. Películas de miedo, recostada a su lado.
Había una cama, y luz, en un pequeño departamento en un piso muy alto y rodeado por grandes ventanas. Recuerdo que le dije que debería poner cortinas porque si no, todos los vecinos veían lo que hacía diario, y él me aseguró que no era así. “Además”, dijo, “si pongo cortinas me perderé el hermoso amanecer que se puede contemplar desde aquí. Si tienes suerte y te mantienes despierta, tú también lo podrás ver.”

Nos acostamos con botanas y bebidas, acurrucados entre cobertores por el frío que hacía. Prendimos la TV y disfruté una de tantas películas abrazada a él. El aroma de su cuello y la situación en sí me sedujeron bastante, pero no duraron más.

Desperté con una sonrisa melancólica en los labios, sintiendo todavía ese deseo palpitante de uno de sus besos, añorando que aquello fuera real, aunque fuera sólo un minuto más.

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Grito reflejado

Había transcurrido un mal día. Una amistad resquebrajada, mal resanada y terminada al fin. Vacío y palabras vanas de un ser que, por fin, había dejado al descubierto su cobardía y cruel egoísmo. 

Cuando me metí en aquel museo, deseaba gritar con todas mis fuerzas para desahogarme por la pérdida. Había sido algo importante para mi. No lo hice, porque siempre he preferido gritar en letras, en los cuadernos que siempre viajan conmigo. Mejor así que hacerlo literalmente. 

Caminé, decidido, en los pasillos con paredes blancas y obras de todos tamaños, tratando de alejar de mis pensamientos el reciente acontecimiento. 

Iba por un pasillo muy parecido a todos los demás, cuando me topé con esta obra. No pude evitarlo. Me quedé pasmado. Nunca creí que el consuelo iba a llegar a mis pensamientos de esta manera, a través de una pintura que, a la mayoría de las personas que pasaron junto a mi, les pareció perturbadora. 

En cuanto a mi, debo decir que permanecí inmóvil, paladeando la maravilla de la certeza. Veía en ese grito congelado, eterno, justo lo que había llegado a sentir yo. No pude evitar la sorpresa al verla de frente, y no me pude separar de ella por más de una hora. Alguien más compartía mi pena. No estaba solo. 

Siempre he creído que los museos guardan una especie de magia. Llegas y recorres las exhibiciones en búsqueda de alguna obra que refleje tu personalidad, tus gustos, tus alegrías o tus tristezas. Conectar emociones propias con lo que podemos admirar fuera de nosotros. Eso es el arte para mi desde hoy. 

Gracias a Carolina Pereira Alcorta por permitirme utilizar su fotografía para este relato. Su blog: http://carolinapereiraalcorta.files.wordpress.com/2014/01/mg_4335.jpg?w=788

Dame

Retozaban en un sillón de un departamento vacío. Miraban una película. Comían palomitas con chamoy. Él las tenía en el tazón y las masticaba una a una. Ella estiró la mano sin quitar la mirada de la pantalla.

– Dame – le dijo, tratando de alcanzar el tazón.

– Ponte – respondió él, con su suave voz.

Se miraron, y fue el inicio de algo que tuvo final mucho después de que la película hubiera terminado, y de que las palomitas terminaran arrumbadas, a un lado del sillón. 

fuente de la imagen: http://imagenesparaelpin.net/wp-content/uploads/2013/11/imagenes-amor-en-la-mirada.jp