De cómo Ayotzinapa me abrió los ojos

Antes de que ocurrieran los hechos de Ayotzinapa, Guerrero, las cosas eran diferentes en mi vida. La política no era importante, simplemente era un tema por el que no tenía ningún interés real, más que aquel que las noticias masivas dictaban. No sé explicar la razón de esto, pero así era.

Es probable que antes mi interés se hallara sumergido en los estudios, mi pasión por los libros, mi familia, amigos, y aún más en tratar de entenderme mejor a mí misma de manera interna, como un ente individual que es capaz de teorizar y practicar un poco a diario sobre el lugar que le corresponde en el mundo.

En resumen, miraba más hacia adentro que hacia afuera, y me sentía feliz así. En eso consistía mi mundo.

Sin embargo, las cosas comenzaron a ser diferentes hace casi un año, después del día 26 de septiembre de 2014. Recuerdo que comencé a ver titulares en los portales de noticias que hablaban de una matanza en Iguala, y de un lugar llamado “Ayotzinapa”. Al principio no puse demasiada atención, pues estaba acostumbrada a leer ese tipo de titulares y no me gustaba leer cosas tristes. Sin embargo, hubo un artículo en particular que fue el primero en llamar la atención. No sé la razón, pero así fue. Recuerdo muy bien que era un artículo de la Revista Proceso titulado “El dormitorio más triste y solo de Ayotzinapa”. El leerlo me dejó con un hueco en el estómago y un creciente interés en el tema. Interés que, conforme más era alimentado con notas y artículos, también se vio lleno de tristeza y horror.

¿Alguna vez han tenido la desgracia de sentir un vacío lento y doloroso que suele surgir cuando se tiene reciente conocimiento de una traición? Pues sentí algo parecido a eso, pero hacia mi persona.

¿Cómo era posible mantener los ojos en el cielo (o cerrados) por tanto tiempo?

¿Cómo pude haber creído que la fuente de bienestar en mi vida proviniera de lugares y acciones tan limitadas, sin ver más allá?

Debido a esa sensación sentí una gran necesidad de recuperar el tiempo perdido, y abrí los ojos de golpe a la verdad.

Y al poder observar a detalle, noté que la verdad era complicada y simple al mismo tiempo: Vivo en un país hermosísimo en muchos sentidos. Está lleno de maravillas naturales, historia y museos que la preservan, folklor, gente cálida y una interminable lista de tradiciones. Contamos con una cultura abundante y rica, que me llena de orgullo. Pero, desgraciadamente, en la misma cantidad de magnificencia que el país posee, lo tiene también en plagas, en mares de personas a las que denomino “egoístas” sin mucho miramiento. Los llamo así porque es el adjetivo que mejor describe a políticos, empresarios, (además de lacayos de ambos grupos),  y me ahorra la molestia de evocar una larga lista de nombres que, como los virus y las bacterias nocivas, parecen no tener final a simple vista porque cada día surgen nuevos nombres y tipos.

Volviendo al tema principal, antes de Ayotzinapa, yo estaba consciente de que las cosas en el país no iban bien, pero no me había acercado a intentar entender o averiguar qué tan mal se encontraban o por qué.

Saber lo que estaba pasando allá despertó en mí una inmensa sed de saber más. Me leí muchas cosas de lo que encontraba en línea cada que tenía tiempo libre, todo esto sin dejar de sentirme triste. ¿Cómo no sentirnos tristes ante una situación como esa?

Por la misma razón de aquella visión limitada que solía tener, yo no era una persona que se quejara demasiado de su situación en el mundo. No era, como se dice aquí en México, una persona “revoltosa” o “pleitera”, y sin embargo el saber lo que le pasó a esos muchachos, me impactó, tal vez porque tenía poco tiempo de haber salido de la universidad, y pude imaginarme que es algo que le podía haber sucedido a mis compañeros: jóvenes estudiantes, atacados con la violencia de las armas de fuego; uno de ellos con un rostro desollado que le dio la vuelta al mundo; muchos testigos y sobrevivientes con las caras repletas de golpes, miedo y angustia; y, para finalizar, 43 estudiantes desaparecidos. El número, al igual que todo lo demás, se conoce en todo el mundo.

Junto conmigo, vi despertar a miles de personas. Nos interesamos poco a poco en lo que estaba pasando y por qué. Nos angustiamos más al saber que aún en un país en el cual existen tantas leyes encargadas de regularlo todo, no sean aplicadas ni por los que deberían dar el ejemplo. Vuelvo con esto a mi planteamiento acerca de aquellos egoístas de los que hablaba hace algunas líneas, pues es como una licencia que me puedo permitir una y otra vez ante todas esas figuras autoritarias, porque eso es lo que tienen todas en común: egoísmo. Y, cuando alguien se halla poseído por egoísmo, siempre se encontrará incapaz de observar lo mucho o poco que sus caprichosas acciones pueden llegar a perjudicar a los demás, pero llevan actuando tanto tiempo de esa forma que habíamos llegado a acostumbrarnos a sus antojos.

México estaba anestesiado y, aunque había mucha gente que a diario se quejaba de estos egoístas, no había visto una unidad tan grande como cuando sucedió el caso Ayotzinapa. Tuve esa oportunidad única de apreciar todo a mi alrededor y mis ojos se llenaron de luz y ganas por saber la verdad, además de ansias de justicia.

Conforme fui poniendo más atención al respecto del tema, llegué a escuchar de algunos conocidos y de muchos que comentaban el tema en la calle, que los 43 (al igual que todos los revoltosos del mundo) se merecían lo que les había sucedido por andarse metiendo con gente peligrosa, por andar haciendo mítines, o boteando, o alterando el orden público. Me pareció interesante que mucha gente tuviera este tipo de mentalidad porque habla directamente de lo acostumbrados que estamos a la violencia, a que alguien “merezca” tal o cual agresión. Yo le quisiera preguntar algo a todos aquellos que ven con buenos ojos (o con justificaciones) lo que les pasó a estos muchachos:

¿Qué tan faltos están de humanidad?

¿Le desearían a alguien el desollamiento, la tortura, o la desaparición?

Terminando este pequeño par de cuestionamientos, yo me atrevo a anotar que no se trata de dictaminar sentencia ni para santos ni para demonios: estamos pensándolo para personas que son como nosotros, que pueden estar en lo correcto o equivocarse al tomar alguna decisión: ¿Creen honestamente que “merecían” lo que les pasó?

Miles dijimos “no” con un largo grito. NADIE, absolutamente nadie, merece lo que le pasó a esos muchachos. Nadie merece, por ningún motivo, perder su identidad ni su humanidad, se trate de quien se trate.

Abrir los ojos y la mente a esa idea es difícil porque por todos lados hay temas mucho más gratos que comentar y discutir. Sin embargo, todas esas cosas que consideramos “polémicas”, “malas” o “tristes” no van a dejar de suceder con el solo hecho de cerrar los ojos. Esa es la realidad.

Cada vez tenemos más herramientas contra todos esos egoístas que se revuelcan en sus charcos de podredumbre, y se echan a correr para no ser atrapados, y se hacen techos con dinero que no les corresponde, y mandan amenazar, matar, atacar, torturar, o secuestrar por capricho, como si las vidas ajenas fueran cartas o piezas de ajedrez que pueden caer sin sentir dolor.

A manera de conclusión, sólo me queda decir que mientras más rápido veamos esta, nuestra realidad, y más interés tengamos en cambiar los horrores que a diario surgen por culpa de estos inauditos egoístas, más posibilidades tenemos de hacer un cambio. La prueba de ello la viví: yo cambié, y vi cambiar a la gente, y queremos cambiar el México en el que vivimos para que estos horrores dejen de ser cotidianos, y se busque la justicia para todos aquellos que ni siquiera tienen vida, voz, o libertad para defender sus derechos.

Te amo, México, y no te dejaré a la merced de esa plaga de egoístas.

He abierto los ojos, y no los volveré a cerrar nunca.

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Imagen tomada el 2014, con un cartel que elaboré.
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