Te celebro, querido libro

 

Gracias por todo, libro amigo, libros amigos. 
Gracias por estar conmigo siempre.  

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Lógica paterna

El día de ayer llegó mi papá del trabajo y me vio en la computadora. Supongo que no tuvo un buen día, y pues en el trabajo a veces nos va bien y a veces mal. Lo que siempre me sorprende es la forma tan explícitamente sutil que encuentra para desquitarse conmigo cada que se siente mal por alguna otra situación. Este caso no fue la excepción porque de inmediato me preguntó:

 “¿qué haces”.

“Borrando contactos del feis. ¿Cómo te fue en el trabajo?” Pregunté, mientras proseguía la tarea. 

“Ay, cómo te pones a perder el tiempo con eso cuando deberías estar haciendo cosas más productivas”

Levanté la mirada para contestarle: “Llevo haciendo esto menos de 15 minutos”

Me miró por un instante y subió la voz mientras seguía hablando, como queriendo acallar lo que yo acababa de decir: 

“Ah… Pues no soy adivino. Yo por eso no tengo esas cosas porque nadamás está uno perdiendo el tiempo” (Dijo esto mientras se sentaba en el sillón dándome la espalda, y prendía la televisión como cada día, de cada mes, de cada año, desde que tengo memoria).

Tan sólo de pensar de nuevo en la ironía de la escena, emerge de mis labios una sonrisa. 

La lógica paterna es amorfa. No logro entenderla la mayoría de las veces. Pero, cuando suceden cosas como esta (porque créanme, sucedió), no tengo más que hacer a un lado todas esas banalidades que no tienen ningún sentido para mi si provienen de alguien que ha desarrollado una relación más estrecha con la televisión que con su propia hija. Y mucho menos de alguien que tiene mucho que decir acerca de lo que hacen los demás con su tiempo libre, sin notar que su vicio es equivalente a cualquiera, y, que si se le respeta, debe también respetar a los demás. Pero en fin, esas cosas no pasan nunca aquí.

Podré leer, titularme, escribir diez libros o mil, trabajar hasta que me sangren los dedos y el cerebro, obtener un premio o viajar por el mundo, pero jamás estará satisfecho. 

A tus ojos, papá, siempre estaré haciendo algo mal.

  

Once y media

Son las once y media de nuevo. Mañana hay que trabajar, y algo me impide dormir.

¿Cómo poder explicar un sentimiento así? Es como si la energía que no cargué durante las horas de luz, se disparara con emoción e inspiración cada que se acerca la media noche. Es como si mi cuerpo y mi mente me pidieran a gritos que me quede un poco más, que me deje llevar, que me entregue a las tórridas letras que suelen fluir intempestivamente a estas horas.

A veces debo acallar esas voces suaves que, como murmullo marino, nunca me abandonan. 

A veces, como hoy, sólo quiero escribir. ¡Escribir, sentir, y jamás parar!

  

Te he visto antes

ESTUDIO DE UN DIARIO

Juro que te he visto antes. En un sueño quizá. O en la calle o el metro. Pero tu cara, esa mirada, sé que la he visto antes en alguna parte. Pareces un sueño, un déjà vu. Y esta sensación de escalofrío y emoción me recorre la espalda, me pone la piel de gallina, me acelera el corazón. 

Porque hasta donde yo sé, así es cómo se siente el destino: es un inyección de adrenalina y todo el cuerpo responde. No sólo el cuerpo, también el alma. Como si vibrase respondiendo a una llamada que es ancestral y mística, una llamada que supera la carne y el hueso. Nos transciende, y a la vez nos une.

Quizá no recuerde la primera vez que nos vimos… te vi. No sé si me recuerdas. Seguramente no. Quizá sólo esté todo en mi cabeza y seas otro más en este mar de…

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La biblioteca de Derry

Allí reinaba la misma quietud, quebrada sólo por algún susurro ocasional, el golpe seco de un bibliotecario sellando libros o avisos de vencimiento de préstamos, el discreto murmullo de las páginas al volverse. Amó la calidad de la luz como la había amado entonces. Entraba en diagonal por las altas ventanas, gris como ala de paloma en esa tarde lluviosa: una luz que tenía algo de soñolienta y perezosa.
King, Stephen. “It.” 

Leer esto es tener unas hermosas ganas de visitar una biblioteca de nuevo. 

Ganas de leer sentada en una butaca cerca de alguna ventana, de pasar las manos por aquellos viejos volúmenes que esperan con ansias, ser necesitados otra vez.