Adopción imprevista

Anoche, cuando llegaba a casa, una prima pequeña que tengo me dijo que había encontrado un gato blanco debajo de las escaleras del patio.
Curiosa, me acerqué siguiendo el suave maullido que se escuchaba de manera intermitente. Tuve que quitar algunas láminas de los tiempos de herrero de mi abuelo, y ahí estaba, metido en una repisa y maullando sin parar. Me miraba, asustado, pero no se movía de donde estaba.
Como tengo otra gatita, tengo croquetas que le ofrecí a este visitante y que comió con avidez. Pero, al salir de su escondite, vi que cojeaba y que por esa razón no había podido moverse del rincón en el que lo habíamos encontrado.

Lo guardamos en una cajita y lo llevamos al veterinario para saber qué tenía, y la noticia sólo dejó más triste mi espíritu: cojea porque tiene la cadera fracturada.
En este momento duerme. Le han dado analgésicos y se ha acomodado en el sillón de casa.
Es un animal dulce y cariñoso que no me rasguñó aún cuando estaba adolorido, hambriento, nervioso y lleno de temor.
Tal vez tenga dueño, pero lo cuidaré mientras sana. Su llegada a mi resultó de una forma totalmente inesperada, pero no por eso debe ser hecha a un lado. Criaturas así merecen ser cuidadas y valoradas por el simple hecho de existir.

Después de todo, una vida es una vida 🙂

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2 comentarios en “Adopción imprevista

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