Mi perdición en su piel

Repetidamente he escrito sobre L’Agemé, aquel ser que aparece ante mi de repente, inundando mi mente con su personalidad relajada, invitándome a confiar.
Tenía un muy buen rato que no lo veía, que nuestros pasos no habían coincidido porque su andar es muy libre y flotante por el mundo y el mío es terrenal, enraizado y parsimonioso. En cuanto lo vi, le di un fuerte abrazo y hablamos de nuestras últimas aventuras.
Tardé un par de horas en decirle que lo extrañaba, que me ha sido más difícil seguir su vuelo con la mirada. Lo sabía y me dice de vuelta que las circunstancias no se lo habían permitido, además de que había estado ocupándose de ir a que le terminaran de hacer unos cuantos tatuajes.
Inmediatamente me dio curiosidad y le pregunté por ellos. Confiado como es, se quitó sin miramiento la camiseta gris oscuro que traía y me mostró un bello trabajo que la artista había volcado sobre su piel.

– ¡Impresionante! ¡Que buen diseño!- Tenía un laberinto de espinas en la cadera, y corría por todo su abdomen,donde no podía ver el desenlace.

– ¿Te gusta?- preguntó, sin dejar de mirarme con entusiasmo, como si realmente hubiera estado esperando mi opinión.

– Me fascina. ¿Hay más que eso?

– Sí. Pero no están en zona visible. Aún así ¿quieres verlo?

No respondí. De repente, sentí la necesidad de besar esos tatuajes. Me invadió una sed  voraz por recorrer cada una de las líneas que los formaban y de besar los ojos de las criaturas. Quería besar ese brillo vivo que ahora viajaba con él en innumerables pares. Quería besar sus labios y derramar mi saliva deseosa en aquellos fragmentos de carne pintada. En aquella piel que a simple vista consideraba deliciosa.

Hubo un momento, en aquel éxtasis visual e imaginario, en el que sentí que la tinta también correría hacia mi cuerpo si lo acercaba adecuada y apasionadamente al suyo. Sin pensarlo más, le di un ligero empujón para que se sentara en mi sofá, me despojé de mi ropaje, y me lancé a la caza de la tinta de sus tatuajes. A la búsqueda de aquellos caminos curiosos que siempre permanecen, y que siempre se mantienen misteriosos cuando se trata de L’Agemé.

Él, siempre la razón de que se zafen de mi todas y cada una de mis razones. 

Él, la razón por la cual mi locura se vuelve, por instantes, una placentera cordura.

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