Advertencia natural

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No lo hagas, 

no uses eso, aquella hacha

asesina de raíces.

No me desprendas 

de la vida.

No me orilles

al vacío.

No tales mis pulmones

porque, a la vez,

talas también, lentamente, los tuyos. 

Porque, condenándome al vacío,

te condenas conmigo.

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¿Saltas o vuelas?

Les comparto otro de mis pequeños dibujos con carboncillo.

Pensaba en volar e inicialmente quería hacer un ave, un águila o un dragón. Pero a veces no tenemos esas libertades. Algo nos ata de alguna manera al lugar en el que nos encontramos y gracias a ello aprendimos a adaptarnos. El entorno se vuelve un ambiente más en el que podemos mostrar nuestra valía, nuestras habilidades de adaptación en las que podemos demostrarnos, a nosotros mismos y al mundo lo mucho que podemos subsistir en ambientes adversos.

Lo más complicado de todo esto es que en el transcurso de esa adversidad no perdamos nuestra esencia. Si podemos salir adelante y aún así seguir manteniendo nuestra personalidad auténtica nos podemos dar por bien servidos en esta batalla diaria que la vida presenta.

Dibujé pensando en esa idea. Las orcas no vuelan, no tienen esa capacidad pero hallaron su manera de disfrutar su vida y una forma para reflejar un estilo de la belleza especialmente labrado por ellas y para ellas.

¿Qué mejor forma de belleza, que la que se ha labrado personalmente?

Hoy decidí que no siempre se puede volar. Pero nadie, nunca, me impedirá seguir saltando hasta alcanzar mi meta.

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Escribir a veces no basta

A veces es necesario tratar de volcar las emocioné en un sistema y soporte diferente al que tenía regularmente, sobre todo porque, últimamente, las cosas han ido más intensas de lo normal.
Hoy experimenté por primera vez con los carboncillos. Espero ir mejorando poco a poco. La técnica no existe porque me dediqué a extender sobre el papel sólo emociones vagas, pero eso poco a poco, con un poco de teoría y mucha práctica, se convertirá en algo que me dará mucho orgullo mostrar en el futuro.

¿Qué hay de ustedes? ¿Qué hacen además de escribir para relajarse o desfogar las emociones?
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Desaparecida

Muchos días sin sentarme a escribir. Demasiados, si pienso en que cuando no escribo me asfixio. 

Tenía más de una semana que no me sentaba de frente a esta pantalla llena de luz y curiosidades;

largo tiempo sin fundir mis dedos con las teclas del ordenador. 

¿Cómo es que podemos perdernos de repente, precisamente, para volver a encontrarnos?

Sucede. Vaya que sí. 

¿Qué hice todo este tiempo en el que me diluí como las nubes en un día muy soleado?

Leí. Mucho. Tres libros y medio en menos de una semana es todo un récord. Y a pesar de que hice muchas otras cosas, sumergirme en los libros cuando el calor agobia y los pensamientos giran fugazmente. Me perdí en mi, en los libros, en las palabras, en las leyendas y en las anécdotas de un lugar cálido como lo es aquel pequeño paraíso terrenal. Como lo son muchos lugares singulares que permanecen, en ocasiones, ocultos, susurrantes. 

He vuelto, y mi mente refresca las letras que antaño no esperaba poder compartir. 

Porque, como alguna vez llegué a escucharlo, la calidez suele ser contagiosa. Me ha devuelto de mi desaparecido estado.

Método anti-bullying de antaño

El bullying tiene muchos años. La humanidad entera ha crecido a base de gente molestando al prójimo para conseguir sus objetivos o por simple diversión. No es un tema nuevo, aunque el nombre sí que tiene poco tiempo. Muchos en la escuela lo sufrieron, incluyéndome. Cuando iba con mi mamá para contarle aquellas situaciones y preguntarle cómo solía reaccionar ella cuando era niña, me contó que cuando le llegaba suceder (a ella o a sus 5 hermanas) una situación de bullying, se juntaban todas para ir a hablar con el susodicho agresor. Y, si no estaban todas, por lo menos las más grandes que estuvieran cerca.
“No te metas con mi hermanita” le decían al agresor en el patio de recreo de la primaria. Y, para mi sorpresa, el agresor dejaba de molestar. Obviamente esos eran otros tiempos (y yo no contaba con una hermana mayor que me protegiera), pero me hizo pensar mucho en la importancia que tenía el diálogo en el pasado, en la generación de nuestros padres. ¡Una amenaza defensiva era más que suficiente! ¿Se imaginan?
Ahora, cuando me pongo a recordar eso, siento que suena a leyenda urbana. Pero no lo fue. Antes, las cosas eran mucho más viables. Antes, uno estaba mucho más abierto al diálogo, por muy bravucón que pudiera llegar a ser.

Ojalá fueran así de sencillas las cosas hoy en día. Ojalá lo fueran.
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