Cuatro noches seguidas

Cuatro noches seguidas discutimos sobre el destino y el encuentro y la casualidad.
Cuatro noches seguidas te dije que quería tu amistad, cuando tú sólo pensabas en recuperar un afecto hace tiempo calcinado por tus propias manos.
Un vaivén de argumentos se atoraron en la larga cadena de conversaciones, de notas, mensajes, e ideas.
Dos mentes brillantes, a fin de cuentas.
Dos riscos pretendiendo ser unificados por un puente que en realidad trate de hacer el milagro de jalar al otro hasta su propia postura.

¡Cosas así raramente funcionan!
¡Los argumentos de ambos tienen tanta fuerza de cada lado que no se pueden permitir ceder! Y, por supuesto, no lo hacen.
No se dan cuenta, tontos los dos, de que en realidad ya son algo, y algo extraño, peculiar, indómito e innédito.
Ni lo que quiere ser uno y llamarlo “A”, ni lo que quiere el otro y llamarlo “B”. En realidad ya existe algo y tal vez ni nombre ni definición ni límite tenga.

No es “A”, ni “B”.
Es una “C” muy clara y a la vez muy difusa, porque a la vez que los tiene tratando de jalarse el uno al otro, conviven, discuten, recrean, y escriben como a medida que piensan en ello.
Tal vez “C” sea ninguna de las dos, o tal vez detalles de ambas. Pero definitivamente no es lo que ninguno de los dos quieren.

Ni todo, ni nada.
Sin etiqueta forzosa, sin definición aclarada. En este particular caso a “C” no le importa nada de eso.
“C” sólo es.

Sólo existe.

Y ya.

 

 

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