Mi excursión al Museo Dolores Olmedo

Bolsa de mano, botella de agua de un litro, un teléfono con GPS y tres personas con actitud cultural nos dirigimos hacia Xochimilco (por pasar lista, íbamos mi hermana, mi novio y yo). Nuestro destino: el Museo Dolores Olmedo, y la exposición “Los Top” que nos traía desde el Musée l’Orangerie en Francia, unas pinturas pertenecientes a la colección Walter-Guillaume.

Para empezar, era un domingo en la tarde (el domingo 12 de enero, de hecho), con un sol quemante aunque el aire estaba relativamente frío por el invierno que salpica a la Ciudad de México.
Al llegar, lo primero que nos impactó fue la fila para entrar a ver la exposición. ¡Era inmensa! Más aún que las que he hecho para ver las exposiciones temporales en el Museo de Antropología; más aún que la que me tocó en Florencia cuando visité la Galería de la Academia. Caminamos mucho para llegar a la parte más lejana de una fila que nos llevó 2 horas y media para llegar solamente a la taquilla, y para nuestra sorpresa pasamos otras 2 horas y media formados en el interior del edificio para poder entrar a ver la exposición. ¡5 horas formados!

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Una pequeña muestra de la pequeña fila que tuve oportunidad de fotografiar ya dentro del museo

Yo creo que había mucha gente porque este museo, en particular, me sorprendió por el costo tan bajo con el que entra el público en general: 10 pesos mexicanos. ¡Y $5 si tienes credencial de estudiante!
El museo en sí es hermoso. Amplios patios, una pequeña tienda, gansos y pavorreales caminando por los pastos y coloreando el ambiente con sus graznidos. Fue bonito poder observarlos mientras estábamos en la fila. Al entrar al edificio me sorprendió lo bien que se mantiene conservado y lo mucho que cuidan cada una de las obras que resguardan.
Ya adentro, mirando las pinturas, sentí una especie de mini revelación. Sentí que podía ver a los ojos a cada uno de esos pintores con sólo ver un ápice de su obra, un parpadeo del trabajo que realizaron a lo largo de sus vidas. No tuve oportunidad de tomar ninguna fotografía a las pinturas porque estaba prohibido, pero les puedo asegurar que fueron una muestra sorprendente de las formas tan diversas y hermosas en las que todos ellos vieron el mundo.

Una de las pinturas que más me gustó fue el Árbol caído de Chaim Soutine, por la forma en la que los tonos verdes se vuelcan sobre la pintura. Fue como si me hubiera podido transportar por instantes al lugar en el que se encontraba el árbol, y hubiera podido ver la imagen retratada, poco a poquito, en el óleo. En resumen, me maravillé, jaja.

Está de más decir que salimos como a las nueve de la noche del edificio de la exposición. Con los pies cansadísimos, pero con el alma tranquila. Los pude ver, a pesar del tiempo de espera. Los pude ver, aunque un empleado del museo voceaba cada hora que la fila duraría otras dos o tres horas más, desanimando a muchos que se atreverían a intentarlo tal vez a una hora más temprana, en los días siguientes.

¿Será esta sensación de plenitud después de tanta espera a lo que se le llama “amor al arte”? Sea o no la definición de rigor, yo le dí un nuevo significado ese día y me alegro fervientemente por haberlo logrado.

Nosotras afuera del museo

 

Mi hermana y yo afuera del Museo, con el cartel promocional de los pintores presentados

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4 comentarios en “Mi excursión al Museo Dolores Olmedo

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