Una anécdota de rosas

Desde que papá tiene rosales en las macetas del patio de casa, mamá es feliz. Cuando nace un botón, lo miran juntos y se sonríen, como si aquel botón fuera indicio de esas renovaciones hermosas de las que se sigue manteniendo un matrimonio estable. Cuando el botón abre, papá corta la rosa y la pone en un jarrón o un vaso que lleva cariñosamente hacia ella. La entrega de la rosa siempre culmina con un beso y una sonrisa. Los observo. Los contemplo, mejor dicho, y no puedo evitar sumergirme en la reflexión.

Ese código de comportamiento y de cariño es extraño para mucha gente de nuestra generación, siempre llena de sentimientos efímeros que se marchan sin darse cuenta de lo importante que es establecer vínculos de peso emocionalmente.

Somos seres sociales. Necesitamos confiar en alguien, en las personas. No podemos estar completamente solos y por ello es mejor rodearnos de gente que nos haga bien, que nos haga sentir felices. Eso solía hacerse antes, al menos. Eso es lo que hacen ellos, y parece funcionar.
Entre tanto, las rosas viajarán en mi recuerdo como ese símbolo de estabilidad, de dulzura, y de que siempre será posible un equilibrio.

20131114-134101.jpg

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s