Dama

Quedé contigo en alguna parte intermedia entre tu vida y la mía.
Nos vimos y caminamos entre charlas tranquilas y siempre nuevas hacia aquel lugar: una obra artística que tenía ganas de disfrutar, pero nunca el tiempo ni la persona adecuada se había presentado para hacerlo. Fue cuando apareciste, y te ofreciste con todo gusto a conseguir las entradas y a acompañarme a disfrutar aquella pieza de intriga y curiosidad que se me antojaba de meses y un par de años atrás.

Lo que sucede dentro de aquel lugar es de lo más divertido. Me sorprendo, como siempre sucede con las obras de teatro, y además me impresiono por los cambios repentinos del volumen de los actores al hablar. Estábamos sentados exactamente en medio, así que no temí en el pasillo las sorpresas tétricas de las que se habla en lo que a esta obra se trata en específico: sustos, terror, una historia que se disfruta mucho más en teatro que en cine por estar tan cerca, tan vívidamente cerca que puedes sentir el paso de la dama de negro en la oscuridad, y su aliento helado entre la niebla causada por los tramoyistas que se extiende a nuestro alrededor, cubriéndolo todo de misterio y zozobra.
He de decir que las emociones mixtas son de lo más divertidas. De pronto temor, de pronto risa al apreciar a una mujer que, por los nervios, tenía ataques crónicos de risa y logró a la larga que todo el teatro, incluyéndonos, tuviera risa en los labios por su causa. Supongo que la vida trata de eso: no puedes esperar cien por ciento de un sólo elemento esperado sin que lleguen a tus manos eventos inesperados. El truco siempre será en sobrepasar todo aquello con risa, paciencia y soluciones.

Al salir del teatro, llovía. Llovía poco, pero se sentía el frío. Nos bebimos un café mientras caminábamos de regreso al punto donde nos habíamos encontrado aquella misma tarde, sin dejar de hablar.

Caminar contigo siempre se me figura entretenido y revelador. Siento que nuestro andar se transforma en una especie de danza invisible, implícita, en un lenguaje y tonada que sólo nosotros somos capaces de comprender. Me intriga que las cosas sean así contigo. Me intriga por sobre todas las cosas el hecho de que soy así contigo.

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Preguntas y respuestas

¿Qué queremos en esta vida? Tener felicidad, cada quien a su muy particular manera.

¿Qué buscamos? Respuestas a todas nuestras preguntas.

¿Qué nos da aliento para tener días iluminados? La esperanza, la ilusión, las metas.

¿Qué nos inspira? El apoyo, la naturaleza, la vida, el esfuerzo, las sonrisas y el amor.

Todo lo que quiero está en ti. Todo lo que busco, lo tienes tú. Lo sabes, y lo sé. Nos sabemos los dos de una forma extraña, misteriosa, y hasta cierto punto inexplicable.

Me inspiras.

Me das aliento.

Te busco a ti.

Te quiero a ti.

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Chocolates

Primer chocolate. Primer impulso. Un día lleno de esperanza, de anhelo, de energía. Tal vez la cita pactada me permita verlo. Tal vez las cosas se den para un renacimiento literario completo.

Segundo chocolate. ¡La renovación será bonita! Será el producto de una larga cadena de charlas, encuentros y desencuentros. Espero no tarde demasiado.

Tercer chocolate. La espera ha comenzado. Entre maquillaje sutil y miradas acomodadas me siento en este sillón azul a esperar a escuchar sus pasos entrar por la estancia. Me fumo un cuarto chocolate al imaginar todo lo que escribiré al salir de esta habitación los dos como un solo poema.

Quinto chocolate. Doy vueltas por el hogar, pues el sillón no ha sido capaz de contener mi espíritu siempre salvaje e indomable. Camino y voy y vengo y me asomo por los ventanales de cristal a mirar la calle, que, aunque nublada y un poco chispeante con los inicios de una ligera lluvia, no parecen detener a ninguno de los transeúntes.

Sexto chocolate. He dado tantas vueltas que una gota de sudor ha comenzado a formarse en la base de mi frente. Los pasos se vuelven veloces, y la mente se agudiza ante cualquier sonido, ante cualquier señal. Miro por la ventana a instantes, aunque la inercia me hace volver a  la idea de que eso no sucederá, de que otra vez estoy atrapada dentro de una jaula imaginaria.

Séptimo chocolate. Me he detenido de dar vueltas, con un ligero vuelco respiratorio y un vacío en la garganta. Estoy molesta, y no pasa nada. Estoy molesta y sola, y eso es una desventaja desde este punto de vista que poco a poco se torna más turbio. Estar encerrada viendo hacia afuera  no es útil si se tienen tantas cosas en la cabeza, si la desesperación sube lentamente por la espina con un ligero hormigueo, haciéndola pasar por una mala posición al sentarse o al caminar. Estar encerrada y sola no será sano hoy, no lo será con tantas meditaciones extrañas, con tantas ganas que había, contenidas, por salir y recrear con las letras un colchón cálido en donde sentarme a descansar.

Octavo chocolate. ¿Cómo puedo estar tan cansada después de que no he hecho nada más que esperar en esta habitación, ahora completamente vacía? ¿Acaso la espera desgasta la energía tanto como el paseo, o la compañía, o la risa?

Noveno chocolate. Me he vuelto a sentar. Las preguntas no están trayendo respuestas gratas y eso no me agrada. He preferido invertir mi tiempo escribiendo, y dibujando alguna cosa para distraerme, para no pensar en esto. Es en estos momentos cuando la calma viene a mi otra vez, cuando todo parece retomar su cauce natural. En mi mente, todo podría ir mejor si desde el principio cayera en la cuenta de que no debo esperar nada de nadie, de que tiene que haber plan “B” y “C” en caso de que el “A” falle, y no sentirlo ni echarlo de menos.  Al menos no situaciones así, que deberían pasar como si nada.

Décimo chocolate. Fin de la tableta. Todo va más lento después de que dejé de aferrarme a la idea de que en realidad no va a presentarse. Me senté en el sillón azul de nuevo, con un libro en la  mano y dejando derretir en mi lengua la última pieza de este elixir en mi paladar. Las endorfinas han hecho lo suyo, supongo: me han absorbido el enojo o la frustración, o lo que sea que sentía dentro del pecho hace media hora. Ahora, sólo pienso en la sutilidad con que estos chocolates me han acompañado a lo largo de esta breve (y a la vez larga) travesía mental. Compañeros en los momentos más hermosos y en los más tristes y solitarios, los chocolates ahora, de alguna extraña manera, consuelan mi mente con sus pasos dulces a través de la tibia garganta.

La diferencia entre un chocolate y una persona, es que el chocolate siempre vendrá a mi con una intensa e inmensa tranquilidad, y no habrá momento que sea inadecuado en mis días para uno (o muchos) como él. Los chocolates siempre tendrán las puertas abiertas en mi vida porque son mi pasión y mi vicio.

Y así fue como, en poco tiempo, transformé una emoción extraña y agridulce en una reflexión que ahora comparto. Y como fue que, una vez más, los chocolates me salvaron de mi mísma. 

Confusión

La confusión podría bien inundar tus pasos, y ni siquiera lo había notado. Tan inmersa en mis pensamientos estoy a veces.

¿Soy muy egoísta por creer que somos inmensamente felices tal cual nos encontramos, y no querer establecer puntos con más firmeza cuando las cosas fluyen como el agua cristalina de un río?

¿Es egoísta que los dos queramos ser egoístas y pasar por alto algo que podría ser tan importante, tan esencial?

Si los dos estamos siendo egoístas en el mismo punto por querer prolongar un poco (o mucho más) los momentos de plenitud y alegría juntos, ¿se le sigue llamando egoísmo?

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Paseo

Verte fue como haber perdido sin planearlo, un largo y suave suspiro.

Me viste.
Te vi.
Nos hallamos en un punto medio entre una lectura sobre antigüedad y un cambio esperado inesperado: esperado porque sabía que estaría ahí, e inesperado porque no sabía la nueva percepción que eso me daría de ti.

No pareciste inmutarte al notar mi mirada interrogante, y me guiaste por calles nubosas y llenas de aromas artificialmente conocidos, hasta que yo tuve la oportunidad de mostrarte un trago espeso y helado de mi mundo y te encantó. Te encantó tanto como a mi y ello representó un brillo sutil de mis percepciones. Tener tanto en común contigo es lo que vuelve todo mucho más intrigante, L’Ageme.

Tener tanto en común me atemoriza y me encanta a la vez.