Primera vista a L’Agemé

La primera vez que me topé contigo, el día pintaba diferente. Lo sentí. ¿Habrá sido algo en el viento helado que me reanimaba y susurraba porvenires aquella mañana? Tal vez.

Yo, por aquello, iba de ánimo púrpura y a la risa, a la charla, al trago gustoso en colectividad y al deleite.

Entre aquél intercambio de casualidad fue que tu aura se presentó, saludando con la naturalidad de alguien que sabe y conoce y ve y ríe y disfruta. Resultaste ser una sombra materializada de la nada, aun cuando habíamos tenido muchos puntos en común por años, y nunca nos vimos hasta esa noche. Las horas transcurrieron suaves y sorpresivas y me fui dando cuenta con cada palabra que tal vez era sobre ti que el viento había susurrado aquella mañana.

El día no alcanzó a llegar lo suficientemente rápido, y tuvimos que interrumpir el encuentro tan amigable, tan diverso y divertido.

Aquella noche sólo hubo una suave evidencia de tu simpatía, pero con eso tuve para poder escribirte un indicio, y preservar la única evidencia de que estuviste ahí.

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