Fedughden

No recuerdo cuando fue que me sonreíste por primera vez, y tampoco cuando fue el momento clave en el cual me olvidé de todo para poder mirarte a ti. No recuerdo muchas cosas, porque por mucho tiempo yo misma me hallé confundida dentro de mis propios dolores.

Sin embargo, el haberte visto caminar hacia mí me hipnotizó. Me recordaste con creces a aquella ave inquieta que va y viene y que pertenece a donde ella quiere hacerlo, siempre volando, siempre perdiéndose en las sombras y texturas que recubren esta gran ciudad. Por ahora estás aquí, escuchando mi canto de dulce agonía, y te posas en el filo de mis pensamientos acompañando mi canto con tu voz.

¿Qué es esto, a fin de cuentas?

Es aquel eterno juego, pelea inocente, corrección suave,
es aquel beso en la mejilla, aquella palabra amable,
esa grata compañía, esas palabras graciosas y manos confortadoras,
son aquellos oídos atentos, aquellos celos ligeros, aquel paso
siempre guiado por lo que dicta el alma.

Tienes el poder para acallar por instantes mi locura, que, mezclada con la tuya,
vuelve todo color “nosotros”.

¿Puedes ser capaz de ver el “nosotros” a tu alrededor? Ese color que no se quita, que provoca dulzura, que inunda de silencio tibio y sopor de sueño. Ese color y su siempre insaciable sensación de plenitud austera, con puertas a todos lados hacia una creatividad sin límite.

Toma mi mano, y toma una brocha o un pincel. El lienzo se encuentra frente a nosotros, y el color “nosotros” está en nuestras miradas derramadas de sonrisas.