Sí y no

Te escribo. En silencio te escribo,
en las entrañas, en el cielo, en el viento.

Queriendo que me quieras, queriendo
ubicar mi pensamiento en algo más cercano a ti,
intensa, cuidadosa, y dulce como pocas veces,
extraña, perdida, y vuelta a encontrar
rompiendo toda clase de límites, salvaje e indomable,
o perdida, o confundida porque mucho se siente como ectoplasma en lugar de amor.

Te quiero en vertical, como estos versos, y en horizontal, como en esta línea.
Te quiero, aunque tu amor se disperse al viento. Aunque tú no lo sientas.

Vida y trago tibio. Capítulo I

Al comenzar la narración, mi colega (al cual nombraré “Ismo”) dio un trago a su bebida aún caliente, y miró sus manos un par de segundos. Luego, comenzó la narración de su historia:

El primer amor… ¿qué es el primer amor? inicio de nuestras más grandes ilusiones, es aquella primera experiencia en conjunto con otra persona, fundada por casualidad en ocasiones, llena de anhelos e ideas que crecen y crecen hasta alcanzar tamaños inimaginables.
En la escuela primaria Ismo conoció su primera experiencia de atracción, gusto, y enamoramiento por una chica. En la transición de año de 4° a 5° de primaria, su escuela gustaba de mezclar los tres grupos de cada uno de los tres grados y por ello tuvo la oportunidad de conocer a más niños.

Por toda esa mezcla de elementos, fue que conoció a Valentina. Comenzaron a jugar por casualidad en algún recreo y de ahí desarrollaron una amistad bonita y apegada. Pasaban el tiempo juntos, ya sea en el juego o en el simple placer de compartir almuerzo uno al lado del otro. Las conversaciones pequeñas y acordes a la edad eran trasladadas muchas veces de las palabras al aire libre, a las enviadas en pequeños recaditos durante las clases; chistes y cosillas a escondidas, sentados cerca, hablando, conviviendo en una interacción armónica típica de una amistad. Algo bonito, liviano, divertido.

El tiempo avanzó, y por aquella fecha tan conocida de febrero, los casó un profesor a manera de juego en una quermés. Cual juego, aceptaron, dejándose llevar por la idea del momento y porque se llevaban muy bien.
Ya “casados”, y con el apego que ya sentían uno por el otro, llegó un momento en el que se sentían tan a gusto que se prometieron, en algún futuro no muy lejano, casarse de verdad y no separarse nunca.

Pero el mundo adulto, con sus planes y sus proyectos siempre alejados de la órbita del pensamiento infantil, prometedor, y atraído de Ismo y Valentina, decidió separarlos inscribiéndola a ella en otra escuela de la que tenían planeada. Esto lo hicieron bajo la idea de que era la mejor de la zona, sin preguntar opiniones, sin notar las consecuencias que esto traería a Ismo y a su propia hija.

La decisión que tomaron por ellos ese día fue dolorosa para ambos, bajo una lógica que tal vez a ellos les parecía razonable mientras Ismo y Valentina sufrían bajo el lado absurdo de la “buena idea”.
El padre de Ismo lo vio como algo mínimo, inicial, y fue fácil decirle a su hijo que encontraría otro amor después, que esa clase de cosas son pasajeras.
Ismo desvió la mirada hacia un lugar lejano, mientras apretaba ligeramente la palma de la mano contra una servilleta, y me dijo: “Tal vez suene mal lo que voy a decir, pero hoy de grande odio tanto a las personas que toman como pasajero el encuentro amoroso con otro.”

Concordé con él. Tenemos ideas tan similares al respecto de lo que es el amor, que nos es sencillo capturar el concepto y recrearlo, aunque siempre hay diferencias y matices, como siempre. Yo lo sentí como un acto de injusticia de parte de sus padres, pero Ismo lo vio más como un fallo en el método de enseñanza que siempre han tenido, tanto los progenitores de Valentina como los suyos.

Me habló un poco de que gracias al hecho de que tuvo que desarrollar la parte de la “inteligencia emocional” por su cuenta, tiene la capacidad de valorar a las personas como seres individuales y apreciar el brillo que poseen, por mucho que se esfuercen en ocultarlo.

Lo miré fijamente mientras apuraba el último trago de mi vaso, y supe que sólo era el primer capítulo de una gran historia.

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Preguntas sopladas

¿A quién le escribo, cuando todos los caminos parecen querer llevarme al mismo lugar?

¿A quién le escribo, cuando sólo ojos lejanos en la penumbra se atreven a leer mis palabras?

¿A quién le escribo cuando quiero que sea a ti, pero tú ni te inmutas con mi esfuerzo?

¿A quién le escribo, si no es a ti?

¿A dónde voy, cuando frente a mí hay mil caminos diferentes?

¿Cuál he de elegir, si ninguno lleva señalamientos propios y sólo provocan confusión en mi mente?

A nadie. A una sombra. A una idea, tal vez mezclada con un recuerdo verdadero y uno falso.

A nadie. A todos. A él. A ti.

Espiral marino

El caracol que tengo al lado de mi cama me trae noticias cada noche. Noticias de ti, noticias de tus pensamientos, de tus miradas, de esa constante idea susurrante de que piensas en mí, de que tienes muchas ganas de verme y de estrecharme. El caracol me habla de tu vida, de las cosas que meditas cada que es posible. Me habla de tus sueños, de tus lágrimas y de tus pesares.

Escucho el mar. Escucho tu respiración entrecortada, y en algunas otras ocasiones constante, pausada, como si estuvieras durmiendo junto a mí.

Vida y trago tibio. Prólogo

Introducción

Quedamos en un café de tantos que hay escondidos por esta gran ciudad. Nos sentamos frente a frente, y pedimos cada uno su bebida predilecta. Él un café negro; yo, un té de menta bien cargado.

Para ser las once de la mañana el día está bastante avanzado. Han de ser las nubes grises que se arremolinan con avidez sobre toda la ciudad, ocultando el sentido del tiempo, mezclando horas, puntos cardinales, y la luz quemante de todos los días.

Hablamos de intereses mutuos, comentamos algunos videos sobre historias de terror que se nos han aparecido últimamente por la red, de cosas que nos hayan sucedido relacionadas a aquellos temas, pues nuestra fascinación por lo extraño es fervorosa. La de él dando un giro hacia el sentido maniaco de los que asesinan sin piedad, de los que sorprenden en las sombras; la mía, enfocada hacia todas y cada una de las cosas que parecen no tener explicación.

Pasado aquello, comentamos cosas sobre la vida cotidiana. Cosas que se nos figuran normales, cotidianas, y por ende mucho más complicadas. Semiguía en la mayoría de las ocasiones, hablo de muchas de las problemáticas que permanecen dentro de mi como nudos ahogados en hielo que, ni desaparecen, ni parecen poder resolverse, y queman y queman sin control.

Terminando la charla sobre mí, me sentí repentinamente atraída hacia la suya. Le pregunté sobre su historia, y el por qué de su extensa experiencia en problemáticas emocionales. Sonrió y me dijo simplemente: “mi vida es una larga historia”.

Curiosa, le invité a hablarme de aquella historia, aquella en la que “le ha costado lágrimas de sangre aprender a no salir lastimado”, y ha accedido a contarme y a dejarme relatarlo a través de este medio, con la esperanza de que aprendamos de su experiencia.

Tiene mucho que compartir, y yo tengo muchas ganas de escuchar y redactar lo que me cuente.
Se avecina una tormenta interesante…

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