Stand by

Tic, toc. Tic, toc. Tic, toc…

El reloj funciona correctamente. Cada segundo que la manecilla se mueve, uno a uno, el sonido de la nada se corta con el hueco de sus pasos. Avanzan. Avanza el tiempo. Avanza el sonido sin detenerse, junto con la sensación de vacío que te transmite.
A medida que tus pensamientos se pierden en la idea de un reloj que suena demasiado fuerte, tratas de mirar el camino que tengo enfrente. Se encuentra inmensamente silencioso, pausado. Sientes que los tiempos no están como para ver todo dulce. Son, más que nada, tiempos en los que se mezcla el gris y los puntos suspensivos, tiempos en los que todo parece ir más lento, de forma apagada, constante, a cuentagotas como el paso del segundero en este reloj demasiado ruidoso en una estancia desierta de gente y completamente falta de emoción.
Las cosas han dejado de fluir en su cauce natural. Todo parece acompasado por elementos puntiagudos que no dejan espacio a nada más que para el encasillamiento. No hay tiempo para sentir, ni para pensar. Simplemente seguir avanzando parece ser lo único que se hace. Lo único que haces.

Los pasos al caminar son huecos. Recaen, de la forma más serena que existe, en las baldosas de piedra, y recrean por instantes, las manecillas de las que tratabas de alejarte.

Quizás era tiempo de un cambio, de esos momentos de reflexión profunda en los que los objetos parecen tener más presencia en el mundo que los seres vivos. Todo se convierte poco a poco, en un juego de percepción intenso en el que juegan los ojos que quieren ver pistas y luces, y los oídos que quieren escuchar ideas y sueños. Los demás, los que no quieren ver ni oír más allá, han pasado a segundo plano.

El ánimo parece haber sido abandonado hace mucho, la esperanza voló lejos, a un lugar más cálido para pasar el invierno, y los terrenos dentro de la mente parecen haberse marchitado, recubiertos con sal, vacíos y estériles como pocas veces podrían haberse apreciado.
A veces parece que las cosas no cambiarán, pues fue tan repentino y quemante el cambio, que el desierto de un rostro vacío y silencioso parece no tener solución. Lo sabes, y por eso no buscas. Lo sabes, y estás consciente de que es mejor esperar a que pase la época reseca y fría.

La casualidad a veces se suma con un recuerdo, y, fundiéndose, son capaces de originar una sonrisa, aún estando en tierra yerma. Pero, siendo fugaces y pequeños aquellos momentos, poco a poco y después con voracidad, las sonrisas son consumidas como agua sobre tierra caliente, y se evapora y se filtra a un lugar donde vuelve a tornarse invisible. Sólo en el plano inaudible debajo de la verdadera faz parecen germinar hermosamente las cosas que valen la pena.

Caminar. Caminar y esperar. Sabes que, por ahora, no hay mucho por hacer, no cuando todo parece estar rasgado y lleno de cuarteaduras, no cuando las grietas invaden cada muro, cada paso, cada lágrima, cada idea y cada pensamiento.

Camina, espera. medita, se paciente.

Pronto las cosas se verán mejor nuevamente. Mientras ese instante llega, es preferible que resistas la tormenta de ceniza que se avecina.

Resiste este inmenso gris, y poco a poco volverá a tu vida el color.

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