Ágata y el señor Saucedo

1.
Hola,
Me llamo Ágata Vera. Soy una mujer a la que consideran fuerte, constante, y en ocasiones algo impredescible.
Hay muchas cosas de las que quisiera hablar. Cosas que pienso, cosas que siento, cosas que veo, y cosas que me hacen sonreír ocasionalmente.
A veces hay cosas que imagino para regalarme sonrisas a mi misma, pero en muchas ocasiones no me es posible encontrar los elementos necesarios en la realidad.
Debe ser muy normal para los demás habitantes del mundo aferrarse a lo poco que la vida otorga al suelo de su gran festín, tan sólo unas cuantas moronas.
¿Para qué conformarse? No le hallo mucho sentido, pues para mi, eterna soñadora, no hay limites en ningún lugar.
Vuelo o a veces sólo simplemente dejo trotar mis pensamientos como a los pies del griego hijo de Peleo.
Voy y vengo y vuelo y sueño y me alejo y me acerco con la más acérrima locura.
Somos soñadores, somos marginados de la sociedad todos aquellos que vemos más allá de lo normal. Somos unos resignados de la realidad, de esa clase de gente que usa consuelo en sí misma, de los creadores de fuentes alternativas de la locura para mantenerse en pie.
Y es que de hecho, ¡hay tantas cosas que quisiéramos cambiar en el mundo!

También debo decir que, cuando todo se encuentra podrido, resulta difícil creerlo y preferimos ignorarlo o escapar de él. ¿Será que en ocasiones nos catalogan de cobardes? No me sorprendería. No será ni la primera ni la última vez que suceda. No me voy a espantar o intimidar por nada de eso porque no es malo para mi ser criticada. Si lo hacen, es porque no tienen nada mejor qué hacer y no es mi deber asignar tareas en esta vida.

Te conocí en un lugar peculiar, que desde hace poco fue sellado en secreto con un infranqueable pacto. El trato durante años fue de tipo laboral, dado que nos dedicábamos a lo mismo: éramos creadores de sensaciones que transmitíamos a través de la lectura. Éramos constructores de ideas, locos artistas encargados de hacer relucir el color, el brillo y a veces la melancolía de nuestras vidas.
Tu manía eran las reglas.
Tu nombre era Joan.
Tu miedo era la cantidad de desorden que hay en el mundo. Tu esperanza era creer que en verdad había una solución a la ola de problemas que sufría el país y el mundo, a este juego de poder y constante abuso de parte de las personas que, supuestamente, deberían estar encargadas de ver por nosotros, por nuestra seguridad y bienestar.
Tu gusto era deleitarte con un autor checo que me presentaste.
Tu punto débil, tu hermoso gato.

Y así fue que te conocí, y tú me pudiste conocer a mi de igual manera.
Nuestro trato era inconstante. Nuestras palabras eran reservadas. Nuestra meta: una interacción intelectual profunda.
Nos encanta soñar, mirar al cielo, sentir más allá de lo terrenal, más allá de lo material y lo estival.

Nuestros encuentros han sido casuales, y cada uno ha sido especial a su manera. A veces incluso siento que las ocasiones en las que nos hemos topado hay una especie de colisión cósmica.
¿Por qué? Podría apostar que lo digo por la simple colisión de ideas, ese choque abrupto y luminoso de ideales, de palabras dulces que florean a cada uno de nuestros pasos.

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