Soledad

La soledad viene y va. Se aparece en ocasiones como un fantasma curioso en mi vida, que se pregunta a veces en qué estaré invirtiendo mi tiempo.
Se asoma, y si no me ve haciendo nada interesante, se sienta a mi lado y me cubre en un cálido y escalofriante abrazo.
Es bueno que me acompañe a veces, porque me ayuda a pensar con más criterio objetivo, pero a veces mi propia paranoia me impide recibirla adecuadamente y, en lugar de sentirla como una buena compañera de pericias que va hacia los mismos objetivos que yo, la veo como un demonio alocado que me persigue y me impide acercarme a las demás personas tanto como quisiera. Eso es extraño, tal vez por ello haya desarrollado una necesidad patológica de atención, requiriendo en ese preciso momento de alguien que sea capaz de calmar este mar agitado, este ánimo eufórico y sombrío. Un equilibrio, cuyo ánimo nivele mi fuerza.

Falta. A veces. Y soledad no puede hacer nada para que deje de pensar eso.

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