Visitante

Yo, viendo la ventana con una taza de chocolate entre las manos. El crepitar de la lluvia espesa en los vidrios es constante, al igual que el palpitar de mi corazón.

Pequeñas escenas en el mundo me han mostrado que nada de lo que existe es totalmente seguro. Pienso en eso a medida que mi mirada se pierde enteramente entre las nubes: grisáceas unas, negruzcas otras. Pronto caerá la moche, y mi pequeño anhelo de vivir se aleja junto con el último rayo de sol.

Pequeños cambios en mi vida me han ayudado poco a poco a ser como soy: un ser explosivo, inestable, y muy impredecible. ¿De verdad me gusta esta nueva forma?
No puedo controlar mis emociones porque hay algo en todas las personas cercanas que me indica peligro: ellos querrán atraparme, cerrarme a que me concentre en un solo lugar cuando había estado acostumbrada a andar libre por ahí, probando que el chocolate no siempre sabe a chocolate.

Entre toda esa frustración y ganas de tirarme al vacío, puedo ver una luz a lo lejos, que acompaña a alguien cuyo rostro no puedo visualizar bien. Lo que si veo es su mano, que estira hacia mi mientras corre con toda su energía.

Súbitamente pequeños trozos de estrella se desprenden del cielo con bravura para estrellarse a pocos centímetros de mí, en la ventana. Sé que estás cerca, pues sólo puede explicarse un clima tan majestuoso cuando estás eufórico o nervioso… cuando vienes a visitarme.

Busco ser como tú, cuando lo único que soy es una pequeña mujer con lágrimas de felicidad en los ojos al saber que estás a pocos metros. La felicidad llega a tal nivel que me es muy difícil contenerla. Más aún lo es cuando, a lo lejos, ya puedo vislumbrar tu andar ágil y sereno. Tu expresión al notar que mis ojos ya se encuentran clavados en los tuyos… es más que mágica. Es increíblemente novedosa la sensación.

Un pequeño trago de mi bebida caliente aminora el enorme frío que comencé a sentir súbitamente. Pero sé que sólo me sentiré bien estando contigo, pues, como diría un poeta español muy conocido: “eres hielo abrasador, eres fuego helado, eres herida que duele y no se siente”.

Sonrío y mi rostro se ruboriza un poco cuando pienso en todo lo que nos ocultaremos esta noche.
Añoro sobremanera la forma en que tus ojos observan mis labios, cómo tus manos buscan revolver mi cabello, cómo tu cuerpo desea estrechar el mío. Me gustaría estar aunque sea un poquito más cerca, para consolarte cuando te sientas triste, o consentirte si estás cansado.

En unos pocos minutos ya estás frente a mi casa, mirando hacia mi ventana dos pisos más arriba. Tu mirada pícara me hace regocijarme, agradecer que poseo tu atención y tu compañía.

Gracias por estar aquí. Gracias, adorado espejismo de mis fantasías.

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Aullido

Miro la calle.
Miro los autos pasar,
entregando mi tiempo a pensar,
en si esto he de meditar.

Mi labio tiembla, amor,
tiembla con el sentido de la duda,
tiembla como tú al dudar de mi.
De mis sentimientos, de mí entera,
de mis palabras, perfumes que a veces enredan.

Duda entró en tu alma e
inundó tu corazón enorme,
reclamos por tus dudas,
pensando de inmediato mal,
soñando y estirando el tiempo para cavilar,
cosas que ahora me hacen fallar.

Lo lamento, lo lamento,
siento haber dado tal impresión,
y más lamento, cariño mío,
que jamás pensaste de corazón.

Sabes que no miento,
sabes que me tiento,
día a día a decirme la verdad
a mí misma y a la eternidad;
sabes que no fallo,
sabes que me callo,
si de herirte se ha de tratar.

Jamás pensé en aquella ocasión,
jamás sentí cometer tal error,
ahora, siento simplemente mi corazón,
envuelto en amargo y triste furor.

Ya no pienso, ya no siento,
ya no veo la lluvia caer,
ya no quiero, ya no puedo,
ya no tiento mis lágrimas al correr.

Pues ahora mi mirada perdida,
sabe que por ti estoy cohibida.
Sabe que me retuerzo de ganas por sonreír,
aún si para ello antes tengo que morir.

Para ti, amor, haré un sacrificio,
y sacaré mi odio con base en mi oficio.
Duda, duda… ¡ya no dudes más!
Sabes que en mí puedes confiar.
Ven acá, y no pienses jamás,
Que lo nuestro algo lo va a atrofiar.

Renace conmigo,
rehagamos algo distinto,
Que se convierta en testigo,
este barril de vino tinto.

Abrázame, corazón perdido,
porque el destino lo ha pedido.
Entreguemos nuestras almas al viento,
sin importar el tiempo.

¡Deja de dudar, amor!
Deja de mirarme inquisitivamente.
¡Ilumina la habitación de otro color!
Date cuenta que te amo completamente.

Ágata y el señor Saucedo

1.
Hola,
Me llamo Ágata Vera. Soy una mujer a la que consideran fuerte, constante, y en ocasiones algo impredescible.
Hay muchas cosas de las que quisiera hablar. Cosas que pienso, cosas que siento, cosas que veo, y cosas que me hacen sonreír ocasionalmente.
A veces hay cosas que imagino para regalarme sonrisas a mi misma, pero en muchas ocasiones no me es posible encontrar los elementos necesarios en la realidad.
Debe ser muy normal para los demás habitantes del mundo aferrarse a lo poco que la vida otorga al suelo de su gran festín, tan sólo unas cuantas moronas.
¿Para qué conformarse? No le hallo mucho sentido, pues para mi, eterna soñadora, no hay limites en ningún lugar.
Vuelo o a veces sólo simplemente dejo trotar mis pensamientos como a los pies del griego hijo de Peleo.
Voy y vengo y vuelo y sueño y me alejo y me acerco con la más acérrima locura.
Somos soñadores, somos marginados de la sociedad todos aquellos que vemos más allá de lo normal. Somos unos resignados de la realidad, de esa clase de gente que usa consuelo en sí misma, de los creadores de fuentes alternativas de la locura para mantenerse en pie.
Y es que de hecho, ¡hay tantas cosas que quisiéramos cambiar en el mundo!

También debo decir que, cuando todo se encuentra podrido, resulta difícil creerlo y preferimos ignorarlo o escapar de él. ¿Será que en ocasiones nos catalogan de cobardes? No me sorprendería. No será ni la primera ni la última vez que suceda. No me voy a espantar o intimidar por nada de eso porque no es malo para mi ser criticada. Si lo hacen, es porque no tienen nada mejor qué hacer y no es mi deber asignar tareas en esta vida.

Te conocí en un lugar peculiar, que desde hace poco fue sellado en secreto con un infranqueable pacto. El trato durante años fue de tipo laboral, dado que nos dedicábamos a lo mismo: éramos creadores de sensaciones que transmitíamos a través de la lectura. Éramos constructores de ideas, locos artistas encargados de hacer relucir el color, el brillo y a veces la melancolía de nuestras vidas.
Tu manía eran las reglas.
Tu nombre era Joan.
Tu miedo era la cantidad de desorden que hay en el mundo. Tu esperanza era creer que en verdad había una solución a la ola de problemas que sufría el país y el mundo, a este juego de poder y constante abuso de parte de las personas que, supuestamente, deberían estar encargadas de ver por nosotros, por nuestra seguridad y bienestar.
Tu gusto era deleitarte con un autor checo que me presentaste.
Tu punto débil, tu hermoso gato.

Y así fue que te conocí, y tú me pudiste conocer a mi de igual manera.
Nuestro trato era inconstante. Nuestras palabras eran reservadas. Nuestra meta: una interacción intelectual profunda.
Nos encanta soñar, mirar al cielo, sentir más allá de lo terrenal, más allá de lo material y lo estival.

Nuestros encuentros han sido casuales, y cada uno ha sido especial a su manera. A veces incluso siento que las ocasiones en las que nos hemos topado hay una especie de colisión cósmica.
¿Por qué? Podría apostar que lo digo por la simple colisión de ideas, ese choque abrupto y luminoso de ideales, de palabras dulces que florean a cada uno de nuestros pasos.

Soledad

La soledad viene y va. Se aparece en ocasiones como un fantasma curioso en mi vida, que se pregunta a veces en qué estaré invirtiendo mi tiempo.
Se asoma, y si no me ve haciendo nada interesante, se sienta a mi lado y me cubre en un cálido y escalofriante abrazo.
Es bueno que me acompañe a veces, porque me ayuda a pensar con más criterio objetivo, pero a veces mi propia paranoia me impide recibirla adecuadamente y, en lugar de sentirla como una buena compañera de pericias que va hacia los mismos objetivos que yo, la veo como un demonio alocado que me persigue y me impide acercarme a las demás personas tanto como quisiera. Eso es extraño, tal vez por ello haya desarrollado una necesidad patológica de atención, requiriendo en ese preciso momento de alguien que sea capaz de calmar este mar agitado, este ánimo eufórico y sombrío. Un equilibrio, cuyo ánimo nivele mi fuerza.

Falta. A veces. Y soledad no puede hacer nada para que deje de pensar eso.

Perdida

Volví a despertar pensando en aquella ilusión, en aquel sueño que ahora me envuelve de una forma casi sutil, esperando que no lo note.
Desperté pensando en su mirada, en su voz, en su andar tranquilo y siempre animado.
Hubiera podido extender mis sueños hasta el momento en el que sus labios se hubieran vuelto atrayentes a los míos, pero no lo quise.
Algo en mi, el lado racional de lo más irracional, detuvo mis impulsos, y me atrajo de nuevo hacia la cordura en la que siempre debo de mantenerme.
Yo me pregunto ¿De qué no sirven en este mundo los sentimientos, si al final para hallar plenitud necesitamos hacerlos a un lado?

¿Vale la pena? ¿No vale la pena? ¿Qué debo hacer?

Cuadernos viejos

Es muy interesante eso de ponerme a rascar entre todos los cuadernos en los que he escrito ideas a través de casi diez años. La evolución mental y física se refleja en cada uno. El afloramiento de la madurez, la calidad de la redacción, la desesperación errática y solitaria transformada en una determinante forma de hacer catarsis emocional, en lugar de sólo poner frases desordenadas. Hoy en día sonrío al ver muchas de las cosas que alguna vez escribí y niego lentamente con la cabeza, como si hablara con aquel lado infantil que aún permanece aquí, pequeño y escondido en algún armario.

– ¿Por qué escribiste ésto?

– Porque así lo sentía.

– ¿No puedes ver lo caprichosa que fuiste? Es desconsiderado, arbitrario y completamente egoísta todo lo que leo en este cuaderno.

El lado sabio triunfa irremediablemente sobre el caprichoso, que guarda un profundo silencio al notar su error. Un punto más hacia el equilibrio, porque ahora puedo razonar mis errores del pasado. Y, aunque sé que es demasiado tarde para ponerme a reconstruir todo lo derrumbado en aquel entonces, puedo aplicar todo lo que he aprendido para no volver a cometer errores así de grandes por ligeros malentendidos.

Una pequeña gran lección de la vida es que aprendamos de ello. Nunca debemos dejar de aprender; ni de nosotros, ni de lo que ocurre todo el tiempo a nuestro alrededor.